El Zarco
El Zarco —Pero ¿y mi madrina?… ¿y yo?… ¿No pensaba usted en nosotras? •preguntóle Pilar en tono de queja.
—¡Ah, sÃ! —replicó Nicolás—, la señora, la pobrecita señora era digna de todo mi cariño… En cuanto a usted, Pilar, ¿debo decirlo?, ni me atrevà a soñar siquiera en ser amado por usted; ya habÃa comprendido cuán dichoso serÃa el hombre amado por usted; ya habÃa levantado hasta usted mis ojos llenos de esperanza, pero los habÃa vuelto a bajar con tristeza, pensando en que usted tampoco habÃa de quererme. Me parecÃa usted más alta que Manuela para mÃ. Y luego, pensar en usted, decirle a usted algo, después de los desaires de Manuela, sufridos en presencia de usted, me parecÃa indigno. ¡Si hubiera yo adivinado!… Con que ya ve usted que no ahora, mucho antes, aquel afecto para Manuela habÃa acabado. ¿Duda usted todavÃa? ¿Cree usted que el amor que le tengo, y que ha crecido por años en tan pocos dÃas se parezca al sentimiento que abrigué por esa infeliz, y que se ha convertido ahora en un desprecio espantoso?…