El Zarco
El Zarco —Ya no dudo, Nicolás, ya no dudo —dijo la joven estrechando las manos del herrero entre las suyas—. Y aunque dudara —añadió suspirando—, mi felicidad consiste en este amor que siento por usted hace mucho tiempo, que he guardado en el fondo de mi corazón, sin esperanza entonces, aumentado cada dÃa por el dolor y por los celos, y que sólo ha podido revelarse en el momento en que corrÃa usted peligro y en que yo estaba próxima a perder el juicio. Yo no podÃa esperar que usted me amase. Al contrario, estaba segura de que usted amaba a Manuela más que nunca, quizás porque la habÃa perdido para siempre; pero no fui dueña de mÃ, no pude contenerme, no di oÃdos más que a mi corazón.