El Zarco
El Zarco —Pero, niña —dijo Nicolás, en tono de reconvención—, usted me juzgó mal, quizás, porque no conocÃa bien mi carácter. Para amar todavÃa a Manuela, a pesar de lo que habÃa hecho, se necesitaba, en primer lugar, haberla amado de veras, y acabo de decir a usted que no era asÃ, y después se necesitaba ser un hombre vulgar, y yo, aunque humilde, aunque obrero rudo, aunque indio sin educación, y sin otros ejemplos, puedo asegurar a usted que no soy vulgar, que me siento incapaz de estimar un objeto indigno, y que para mà la estimación es precisamente la base del amor. ¿Yo habÃa de seguir queriendo a una perdida que se dejaba robar por un asesino y un ladrón? ¡Imposible, imposible! De padres a hijos, en mi familia india, nos hemos transmitido las ideas de honradez altiva que tantas veces me han echado aquà en cara, como un defecto, y que me han granjeado algunos enemigos. Nosotros hemos sido pobres, muy pobres, pero alguna vez yo contaré a usted cómo mis antepasados, en sus montañas salvajes, en sus cabañas humildÃsimas han sabido, sin embargo, conservar siempre su carácter limpio de toda mancha de humillación o de bajeza. Han preferido morir a degradarse, y eso no por vanidad, ni por conservar una herencia de honor, sino porque tal es nuestra naturaleza. La altivez en nosotros es parte de nuestro ser. AsÃ, pues, figúrese usted si yo podrÃa haber sentido por Manuela, después de lo que ha hecho, otro sentimiento que el de una compasión despreciativa. Hacer otra cosa hubiera sido una degradación… ¿Está usted convencida?