El Zarco
El Zarco Aquel lugar, antes sagrado, se hallaba convertido ahora en una guarida de chacales. En la puerta, y a la sombra de algunos arbolillos que habían arraigado en las paredes llenas de grietas o entre las baldosas desunidas y cubiertas de zacate, estaban dos grupos de bandidos jugando a la baraja en torno de un sarape tendido, que servía de tapete y contenía las apuestas, los naipes y algunas botellas de aguardiente de caña y vasos. Algunos de los jugadores se hallaban sentados en cuclillas, otros con las piernas cruzadas, otros estaban tendidos boca abajo, unos tarareaban con voz aguda y nasal canciones tabernarias, todos tenían los sombreros puestos y todos estaban armados hasta los dientes. No lejos de ellos se hallaban sus caballos, atados a otros árboles, desembridados, con los cinchos de las sillas flojos y comiendo algunos manojos de zacate de maíz, y por último, trepado en una pared alta, vigilaba otro bandido, pronto a dar la señal de alarma en caso de novedad.
Así, pues, aquellos malvados, aun seguros como se sentían en semejante época, no descuidaban ninguna de las precauciones para evitar ser sorprendidos y sólo así se entregaban con tranquilidad a sus vicios o a la satisfacción de sus necesidades.
Manuela abarcó de una sola mirada aquel espectáculo, y al contemplar aquellas fisonomías de patíbulo, aquellos trajes cuajados de plata, aquellas armas y aquellas precauciones, no pudo menos de estremecerse.