El Zarco

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Lo segundo que yo necesito, señor, es que usted no dé oídos a ciertas personas que andan por aquí abogando por los plateados y presentándolos como sujetos de mérito que han prestado servicios. Desconfíe usted de esos patrones, señor presidente, porque reciben parte de los robos y se enriquecen con ellos. Por aquí hay un señor que usa peluca güera, que toma polvos en caja de oro, y que recibe cada mes un gran sueldo de los bandidos. Ese da pasaportes a los hacendados para que pasen sus cargamentos de azúcar y de aguardiente sin novedad, pagando por supuesto una fuerte contribución. Ese, con el mismo dinero de los plateados, se procura influencias y nombra autoridades en la tierra caliente, y liberta a los presos, como liberó al Zarco, el otro día, un ladrón y un asesino que merecía la horca. Ese, por fin, es el verdadero capitán de los plagiarios, que vive de los robos y sin arriesgar nada, y ese, si yo lo viera por mi rumbo, aunque me costara la vida después, iba a dar a la rama de un árbol, amarrados por el pescuezo.

—¿Quién es ese sujeto? —preguntó Juárez impaciente. Martín Sánchez le alargó unas cartas, y le dijo:

—Ahí está el nombre disfrazado, pero por las señas usted lo conocerá.


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