El sobrino de Dios
El sobrino de Dios —¡Hazlo! —insistió ella con ojos desesperados.
Suspirando, Purito cerró los ojos y murmuró unas palabras al azar. Para su sorpresa, los truenos disminuyeron y el viento se calmó. Lola se persignó con fervor.
—¿Lo ves? Él te escucha.
Purito quiso protestar, explicar que seguramente había sido una coincidencia, pero algo en su interior lo detuvo. ¿Y si no lo era?
No fue la única vez que algo extraño ocurrió. Un día, un vecino apareció en su puerta con el ceño fruncido y el sombrero en la mano.
—Disculpa, muchacho, ¿puedes hablar con mi perro? Está perdido desde ayer.
Purito lo miró, incrédulo. —¿Hablar con tu perro? Pero yo no sé hacer eso...
—Eres el sobrino de Dios, ¿no? Si alguien puede ayudar, eres tú.
Abatido, Purito fue al patio, miró hacia el cielo y gritó con sarcasmo: —¡Perro, regresa a casa!
Esa misma noche, el perro volvió, y el rumor de otro "milagro" se extendió como fuego en el pueblo. Al día siguiente, un hombre mayor se presentó temblando frente a él.