El sobrino de Dios
El sobrino de Dios —Por favor, sobrino de Dios, dame tu bendición. Mi nieta está enferma.
Purito trató de negarse. —No entiendo por qué piensan que puedo ayudar. Yo no...
—Por favor. Solo inténtalo.
Cediendo, Purito colocó su mano en el hombro del hombre y murmuró una frase sin sentido. Dos días después, el hombre regresó, radiante.
—¡Está mejor! ¡Gracias, muchacho, gracias!
Y así comenzó todo. Las historias de sus "poderes" se convirtieron en tema de conversación en cada rincón del pueblo. Personas de todos los lugares empezaron a aparecer, cada una con una petición más absurda que la anterior.
—Purito, bendice mi campo. La cosecha está mal.
—Ayúdame a encontrar mi anillo perdido.
—¿Puedes hacer que mi marido deje de roncar?
Purito intentaba cumplir con las demandas, pero el peso de las expectativas lo aplastaba. Una tarde, mientras intentaba caminar por la plaza, una mujer lo detuvo.
—Purito, haz algo por mi hijo. Está obsesionado con el póker.
—Señora, no sé nada de eso...
—¡Claro que sí! ¡Eres especial!