El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito trataba de abrirse paso entre la multitud, pero no podía escapar de las manos que se extendían hacia él, de las voces que le rogaban soluciones. De repente, un hombre alto y corpulento lo tomó por los hombros y lo empujó al centro de la plaza.
—¡Demuestra que eres quien dicen que eres! —gritó el hombre, y la multitud estalló en vítores.
—¡Haz un milagro! ¡Muéstranos tu poder! —clamó otra voz desde el fondo.
Purito levantó las manos, intentando calmar a la multitud. —¡No soy quien creen! —gritó, pero sus palabras se ahogaron en el ruido de los aplausos y las demandas.
Entonces, una mujer con un niño pequeño en brazos se acercó al frente, con lágrimas corriendo por sus mejillas. —Por favor, Purito. Mi hijo no puede caminar. Ayúdalo.
Purito sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones. Miró al niño, que lo observaba con ojos llenos de esperanza, y sintió que las rodillas le temblaban. La multitud guardó silencio, expectante.
—Yo... yo no puedo... —balbuceó, retrocediendo un paso.
—¡Claro que puedes! —gritó alguien—. ¡Eres el sobrino de Dios!