El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Finalmente, decidió dirigirse a la plaza central, donde algunos niños jugaban con un balón. Uno de ellos se acercó, con curiosidad en los ojos. —Purito, ¿de verdad no eres el sobrino de Dios?
Purito se agachó para mirarlo a los ojos y le respondió con una sonrisa. —No más que tú, campeón.
El niño pareció reflexionar sobre eso por un momento antes de encogerse de hombros y volver a su juego. Esa pequeña interacción le dio a Purito la certeza de que había tomado el camino correcto.
Con el paso de los días, empezó a reconstruir su relación con el pueblo. No trataba de convencer a nadie, solo de demostrar con acciones que estaba ahí para ayudar. Una mañana, ayudó a la señora Manuela a reparar la cerca de su jardín; en otra ocasión, cargó sacos de maíz para un agricultor mayor que ya no tenía la fuerza de antes.
En la iglesia, se encontró con el sacerdote, que lo observó con una mezcla de sorpresa y respeto. —Padre, ya no vengo buscando respuestas —le dijo Purito—. Solo quiero ayudar en lo que pueda.
El sacerdote sonrió. —Tal vez esa sea la respuesta que estabas buscando, hijo.