El sobrino de Dios
El sobrino de Dios El cambio no fue inmediato. Hubo quienes siguieron creyendo que Purito tenÃa algún don especial, y otros que no dejaron de verlo como un fraude. Pero la mayorÃa del pueblo empezó a entenderlo de otra manera. Ya no era el sobrino de Dios; era Purito, un muchacho que estaba dispuesto a trabajar, a escuchar y a ser parte de la comunidad.
Una tarde, mientras pintaba la fachada de la casa de una vecina, alguien le dijo: —¿No extrañas que te llamen milagroso?
Purito sonrió mientras secaba el sudor de su frente. —No. Prefiero que me llamen útil.
El comentario arrancó una carcajada entre los presentes. En ese momento, mientras el sol se escondÃa detrás de las montañas y el pueblo recobraba su ritmo tranquilo, Purito sintió algo que hacÃa mucho no experimentaba: paz.
HabÃa aprendido que no necesitaba un tÃtulo divino para ser importante, que la verdadera conexión con los demás no venÃa de milagros sobrenaturales, sino de pequeños actos de bondad. Ahora sabÃa que su propósito no estaba en el cielo, sino aquÃ, en la tierra, en las manos que ayudaban a otro a levantarse, en las palabras que consolaban, en las acciones que construÃan un hogar mejor para todos.
Y eso, para él, era más que suficiente.