Corazón
Corazón La pesada tarea le cansaba y con frecuencia se lamentaba de ello con la familia a la hora de comer.
—Estoy perdiendo la vista —decÃa—. Este trabajo nocturno acaba conmigo.
El muchacho le dijo un dÃa:
—Papá, déjame que trabaje en tu lugar; sabes que escribo como tú. Nadie podrá advertir ninguna diferencia.
Pero el padre le respondió:
—No, hijo; tú debes estudiar; tu instrucción es bastante más importante que mis fajillas; sentirÃa remordimiento si te privara de una hora de estudio; te lo agradezco, pero no quiero. Y no hablemos más del asunto.
El hijo sabÃa sobradamente que con su padre era inútil insistir en aquellas cosas, y no insistió. Pero he aquà lo que hizo. Su padre dejaba de escribir a medianoche, saliendo entonces del despacho para ir a la alcoba. Lo habÃa oÃdo alguna vez. En cuanto el reloj daba las doce, sentÃa inmediatamente el ruido de la silla que se movÃa y el lento paso de su padre.