Corazón
Corazón Alentado por el éxito obtenido, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce, se levantó otra vez y empezó a trabajar. Así continuó haciendo varias noches. Su padre no se daba cuenta de tal cosa. Solamente una vez, cuando estaban cenando, hizo la siguiente observación:
—No sé, pero de algún tiempo a esta parte venimos gastando más petróleo de lo acostumbrado. Debe ser de peor calidad.
Julio tuvo un sobresalto, mas la cosa no pasó de allí.
Lo que ocurrió fue que por levantarse a hora tan intempestiva, Julio no descansaba lo suficiente, y por la noche, al hacer los deberes de la escuela, le costaba trabajo tener los ojos abiertos. Una noche, por primera vez en su vida, se quedó dormido sobre el cuaderno.
—Julito, espabílate —le dijo su padre al tiempo que le daba unas palmaditas— y haz tu deber.
El chico se despertó y reanudó su tarea. Pero a la noche siguiente y durante algunos días continuaba ocurriendo lo mismo y aún peor: daba cabezadas sobre los libros, se levantaba más tarde de lo acostumbrado, estudiaba las lecciones con dejadez, pareciendo que le disgustaba el quehacer escolar. Su padre empezó a observarlo; luego, a preocuparse y al fin tuvo que reprenderlo. ¡Nunca lo hubiera hecho!