Corazón

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—Julio —le dijo cierta mañana—, me estás decepcionando; no eres el mismo de antes, y eso no me gusta nada. Ten en cuenta que todas las esperanzas de la familia están puestas en ti. Estoy muy disgustado, ¿comprendes?

Ante tal reprimenda, la primera verdaderamente severa que había recibido, el muchacho se turbó. «Sí, es verdad —dijo para sí—; no puedo continuar de este modo; es preciso que termine el engaño». Pero aquel día, por la noche, estando todos a la mesa, dijo el padre con alegría:

—¡Este mes he ganado treinta y dos liras más que el pasado con las fajillas!

Y diciendo esto, sacó de debajo de la mesa una caja de dulces que había comprado para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria, cosa que todos acogieron con el regocijo que es de suponer.

Julio cobró ánimo y dijo para sí: «No, querido padre; seguiré engañándote; haré mayores esfuerzos para estudiar durante el día y no dejaré de continuar trabajando de noche por ti y por los demás».

El padre añadió:

—¡Treinta y dos liras más! Estoy contento… Pero ése —y señaló a Julio— me causa no pocos disgustos.


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