Corazón
Corazón El aludido recibió el chaparrón en silencio, conteniendo dos lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo cierta satisfacción.
Y continuó escribiendo fajillas con ahínco. Sin embargo, acumulándose el cansancio, le resultaba cada vez más difícil resistir.
La cosa duraba ya dos meses. El padre continuaba reprendiendo al buen muchacho, mirándole con creciente enojo. Un día se presentó en la escuela para pedir informes sobre su hijo, y el maestro le dijo:
—Sí, va cumpliendo, porque es un chico inteligente. Pero no tiene la misma aplicación de antes. Se duerme, bosteza y está distraído. Hace redacciones cortas, pudiéndose comprobar que escribe de prisa y con mala caligrafía. Desde luego que tiene aptitudes para hacer más, mucho más.
Aquella noche el padre llamó a su hijo aparte y le dirigió unas palabras más duras de las que hasta entonces había oído.
—Ya ves, Julio, que me sacrifico por la familia, y tú no me secundas. No piensas lo más mínimo en tus hermanos, en tu madre, ni en mí.
—¡No digas eso, papá! —exclamó el hijo ahogado en llanto y decidido a aclararlo todo. Pero su padre lo interrumpió, diciendo: