Corazón
Corazón El maestro repitió:
—¡He dicho que te vayas!
—¡Yo no me muevo! —replicó.
El maestro perdió los estribos, se fue hacia él, lo cogió de un brazo y lo arrancó del banco. Franti se revolvía, rechinaba los dientes, y tuvo que arrastrarlo a viva fuerza. El maestro lo llevó casi en vilo a la dirección, y luego volvió solo a la clase, y, sentado a su mesa, cogiéndose la cabeza con las manos, todo agitado, con una expresión de cansancio y de pena, que daba compasión, meneando tristemente la cabeza, exclamó:
—¡Después de treinta años de profesión todavía no me había ocurrido cosa semejante!
Todos conteníamos la respiración.
Le temblaban las manos, y la arruga recta que tiene en la frente se le profundizó de tal manera, que parecía una gran herida. Daba pena verlo. Derossi se levantó y dijo:
—¡No sufra usted, señor maestro! Nosotros le queremos mucho.
Entonces se tranquilizó y algo después dijo:
—Prosigamos la lección, muchachos.