Corazón
Corazón —Mira allá a lo lejos —dijo el capitán, llevándole a la ventanita—, al llano que hay próximo a las casas de Villafranca donde brillan bayonetas. Allà están los nuestros inmóviles. Toma este papel, agárrate a la cuerda, baja por la ventanita, cruza a toda prisa la cuesta, ve corriendo a campo traviesa, procura llegar cuanto antes a los nuestros y entregas el papel al primer oficial que veas. QuÃtate enseguida el cinturón y la mochila.
El tamborcillo se quitó el cinturón y la mochila y se metió el papel en el bolsillo del pecho; el sargento echó la cuerda fuera y agarró con ambas manos uno de los extremos; el capitán ayudó al muchacho a salir por la ventana, de espaldas al campo.
—¡Ten cuidado! —le dijo—; la salvación del destacamento depende de tu valor y de tus piernas.
—ConfÃe en mÃ, capitán —respondió el tamborcillo descolgándose.
—Agáchate mientras bajas —añadió el capitán, agarrando la cuerda, juntamente con el sargento.
—¡No tenga usted cuidado!
—¡Que Dios te ayude!
En unos instantes estuvo el tamborcillo en el suelo; el sargento subió la cuerda y él desapareció. El capitán se asomó precipitadamente a la ventanita y vio al muchacho corriendo cuesta abajo.