Corazón

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—Votini —le dijo—, no dejes que se apodere de ti la serpiente de la envidia: es una serpiente que roe el cerebro y corrompe el corazón.

Todos le miraron, menos Derossi. Votini quiso responder y no pudo; quedó como petrificado y con el semblante pálido. Después, mientras el maestro daba la lección, se puso a escribir, en gruesos caracteres, en una hoja: «Yo no tengo envidia de los que ganan la primera medalla por enchufe y con injusticia». Este papel quería mandárselo a Derossi. Pero entretanto observé que los que estaban junto a Derossi tramaban algo entre sí y se hablaban al oído, y uno hacía con el cortaplumas una medalla de papel, sobre la cual habían dibujado una serpiente negra. Votini no advirtió nada. El maestro salió por breves momentos. Enseguida, los que estaban junto a Derossi se levantaron para salir del banco y presentar solemnemente la medalla de papel a Votini. Toda la clase se preparaba para presenciar una escena desagradable. Votini estaba temblando. Derossi gritó:

—¡Dádmela!

—Sí, es mejor —respondieron los demás—; tú eres el que debe llevársela.


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