Corazón
Corazón Nunca le habÃa visto tan contento. A cada instante nos decÃa:
—Perdonad, perdonad.
Y nos apartaba las manos si intentábamos detener la máquina; luego cogÃa y ponÃa los vagoncitos con mucho cuidado, como si fueran de frágil vidrio. TemÃa estropearlos hasta con el aliento, y los limpiaba mirándolos por arriba y por abajo, sin dejar de sonreÃr con satisfacción.
Todos nosotros estábamos de pie, sin cesar de mirar con la mayor complacencia aquel cuello tan delgadito, las torturadas orejas que yo habÃa visto sangrar cierto dÃa, aquel chaquetón con las bocamangas vueltas, por donde salÃan los dos bracitos de enfermo que tantas veces se habÃan levantado para defender la cara de los golpes.