Corazón
Corazón ¡Oh! En aquel momento le habría regalado todos mis juguetes y todos mis libros, me habría quitado de la boca el último pedazo de pan para dárselo, me habría despojado de mi ropa para vestirlo y me habría arrodillado para besarle las manos. «Por lo menos he de entregarle el trenecillo», pensé entre mí; pero tendría que pedir la debida autorización a mi padre. Entonces noté que me ponían un papelito en una mano; lo había escrito mi padre con lápiz y en él decía: «A Precossi le gusta tu tren. Él no tiene juguetes. ¿No te dice nada el corazón?» Al instante cogí con ambas manos la máquina y los vagoncillos, y se lo puse todo en sus brazos, diciéndole:
—Tómalo, es tuyo.
El se quedó mirándome sin comprender.
—Es tuyo —le repetí—; te lo regalo.
Precossi miró a mi padre y a mi madre, la mar de aturdido, y les preguntó:
—Pero, ¿por qué?
Mi padre le respondió:
—Te lo regala Enrique porque es amigo tuyo, porque te aprecia… y para celebrar que te hayan concedido la medalla.
El chico preguntó con timidez:
—¿Podré llevármelo… a mi casa?
—¡Pues claro! —le dijimos todos.