Corazón
Corazón Ya estaba en la puerta y aún no se atrevía a marcharse. ¡Se sentía muy feliz! Pedía disculpa y su boca temblaba y reía al mismo tiempo. Garrone le ayudó a envolver el trenecillo en el pañuelo, y al inclinarse, se notó el ruido que producían los trozos de pan al chocar entre sí en su bolsillo.
—Un día —me dijo Precossi— tienes que ir a la herrería para ver cómo trabaja mi padre. Te daré unos clavos.
Mi madre puso un ramillete en el ojal de la chaqueta de Garrone para que se lo entregase a su madre.
—Gracias —le contestó, sin levantar la barbilla del pecho, pero brillándole en los ojos su alma noble y llena de bondad.