Corazón
Corazón Ayer fue a quejarse al maestro porque el calabrés le había tocado una pierna con el pie. El maestro preguntó al calabrés si lo había hecho adrede, y al responderle con toda franqueza que no, dijo al querelloso:
—Eres demasiado quisquilloso, Nobis.
Éste, con su acostumbrado aire de mimado, contestó:
—Se lo diré a mi padre.
El maestro se encolerizó entonces y repuso:
—Tu padre no te hará caso, como ha ocurrido otras veces. Además, en la escuela es el maestro quien únicamente juzga y sanciona —luego añadió con dulzura—. Vamos, Nobis, cambia de modales, sé bueno y cortés con tus compañeros. Aquí hay hijos de trabajadores y de señores, de ricos y de pobres; todos se aprecian y se tratan como hermanos… ¿Por qué no haces tú lo mismo que los demás? ¡Qué poco te costaría hacerte querer por todos y encontrarte más contento en este ambiente…! ¿Qué? ¿No tienes nada que contestar?
Nobis, que había escuchado las reflexiones del profesor con su acostumbrada sonrisa despectiva, le respondió fríamente:
—No, señor.
—Siéntate —le dijo el maestro—; te compadezco. Eres un chico sin corazón.