Corazón
Corazón —Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido Enrique. Y, ¿cómo va la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va bien, eh, aun sin mí? Os encontráis bien sin mí, ¿no es verdad? ¡Sin vuestro viejo maestro!
Yo quería decir que no; él me interrumpió:
—Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal.
Y dio un suspiro.
Yo miraba unas fotografías clavadas en las paredes.
—¿Ves? —me dijo—. Todos esos muchachos me han dado sus retratos, desde hace más de veinte años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última mirada la echaré allí, a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también cuando termines el grado elemental?
Luego tomó una naranja que tenía sobre la mesa de noche, y me la alargó diciendo:
—No tengo otra cosa que darte; es un regalo de enfermo.
Yo le miraba y tenía el corazón triste, no sé por qué.