Corazón
Corazón —¡El muy infame tiene una navaja! —gritó un hombre, que acudió corriendo para desarmar a Franti. Pero Stardi fuera de sí ya le había sujetado el brazo con ambas manos y, dándole un fuerte mordisco en el puño, le obligó a dejar caer la navajita, empezando a sangrarle la mano.
Entretanto habían acudido otros, que separaron y levantaron a los contendientes. Franti desapareció como perrito con el rabo entre piernas, y Stardi quedó dueño del campo, con la cara arañada y un ojo hinchado, es cierto, pero con aire de triunfo junto a su hermanita, que lloraba. Unas chicas recogieron los libros y cuadernos esparcidos por el suelo.
—¡El pequeño —decían— es un valiente que ha salido en defensa de su hermana!
Stardi, sin embargo, pensaba más en su cartera que en la victoria, y enseguida se puso a comprobar si le faltaba algo y si sus enseres escolares habían sufrido desperfectos. Limpió los libros con la manga, guardó la pluma, lo puso todo en orden y, con la seriedad habitual en él, dijo a su hermanita:
—Vamos de prisa, que tengo que resolver un problema de cuatro operaciones.