Corazón

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A las cinco en punto, en cuanto llegó el sacerdote, se puso en marcha la comitiva. Iba delante un muchacho, que llevaba la cruz parroquial, detrás el sacerdote y a continuación el ataúd, una caja pequeña, ¡pobre chico!, con un paño negro encima, y sujetas alrededor las guirnaldas de flores de las dos señoras. En una parte del paño negro habían prendido la medalla y tres menciones honoríficas que el pequeño se había ganado a lo largo del año.

Llevaban el ataúd Garrone, Coretti y dos chicos de la vecindad. Detrás iban, primeramente, la señora Delcati, que lloraba como si el muerto hubiese sido hijo suyo y a continuación las otras maestras; detrás de éstas, los chicos, algunos muy pequeños, con ramilletes de violetas en una mano, que miraban el féretro con cierto estupor, dando la otra a las respectivas madres, que llevaban las velas por ellos.

Oí a uno de ellos, que decía:

—¿Y ahora ya no vendrá más a la escuela?

Al salir el féretro del patio, por la ventana se oyó un grito desesperado, lanzado por la madre del niño difunto; pero enseguida la hicieron entrar en el interior.

Ya en la calle, encontramos a los chicos de un colegio, que iban en fila de a dos, y viendo el ataúd con la medalla y acompañado por las maestras, se quitaron todos sus gorras.


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