Corazón
Corazón Faltaba poco para la medianoche; llovía y soplaba el viento. Federico y su abuela, todavía levantados, se hallaban en la cocina-comedor, entre la cual y el huerto había una pequeña habitación llena de trastos y muebles viejos. Federico había vuelto a casa sobre las once, después de pasar fuera muchas horas, y la abuela le había esperado despierta, llena de ansiedad, inmovilizada en un ancho sillón de brazos en el que solía pasar todo el día y, a menudo, también toda la noche, pues la fatiga no le permitía estar acostada.
Llovía, y el viento lanzaba la lluvia contra los cristales. Era una noche muy oscura. Federico había vuelto cansado, lleno de barro, con la chaqueta desgarrada y un cardenal en la frente, producido por una pedrada; se había peleado con otros muchachos y, por añadidura, había jugado y perdido todo el dinero que llevaba, dejando la gorra en una zanja.
Aunque la cocina sólo estaba iluminada por un quinqué semiapagado colocado en un extremo de la mesa junto al sillón, la pobre abuela había visto al momento el lastimoso estado en que se hallaba su nieto, sabiendo todo lo sucedido en parte por haberlo adivinado y lo demás por la confesión que sacó a Federico sobre sus travesuras.
La anciana señora quería con toda el alma al muchacho y, cuando se enteró de todo, se echó a llorar.