Corazón
Corazón —¡Ah, no! —dijo después de un largo silencio—; no tienes compasión de tu pobre abuela, de lo contrario no te aprovecharÃas de la ausencia de tu madre para darme tantos disgustos. Ya ves, me has dejado sola todo el dÃa. Debo advertirte, Federico, que has emprendido un camino que te conducirá a un triste fin. He visto a otros que comenzaron como tú y acabaron muy mal. Se empieza por salir de casa para pelearse con otros muchachos, jugarse el dinero, y luego, poco a poco, de las pedradas se pasa a las cuchilladas, del juego a otros vicios, y de éstos… ¡al robo!
Federico escuchaba a su abuela de pie, a tres pasos de distancia, apoyado en un arca, con la barbilla sobre el pecho, el entrecejo arrugado y todavÃa encendido por la ira de la pelea. Sobre la frente le caÃa un mechón de hermosos cabellos castaños, teniendo inmóviles sus azules ojos.