Corazón

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—Del juego al robo —repitió la abuela que continuaba llorando—. Piensa en eso, Federico. Piensa en el botarate del pueblo, en Víctor Mozzoni, que ahora vagabundea por la ciudad, que a sus veinticuatro años ha estado ya dos veces en la cárcel y ha hecho morir de pena a su pobre madre, a la que yo conocía, obligando a su padre a marcharse a Suiza, para no sufrir mayor vergüenza. Piensa en ese desgraciado joven, siempre en compañía de otros peores que él hasta el día en que lo metan en presidio para toda su vida. Pues bien, yo le conocí de muchacho, y empezó como tú. Ten presente que puedes denigrar a tu padre y a tu madre como él y causarles tanto mal como ese desventurado.

Federico guardaba silencio. No estaba pesaroso, ni mucho menos. Su actitud obedecía más bien al exceso de vitalidad y de audacia que a pura sensiblería; su padre le había acostumbrado mal precisamente porque, considerándole capaz, en el fondo, de los más hermosos sentimientos, esperando ponerle a prueba de acciones varoniles y generosas, le dejaba rienda suelta, en la confianza de que se iría reformando por sí solo. Era bueno, pero tozudo, aunque apareciese en su corazón el arrepentimiento y dejase escapar de su boca las buenas palabras que nos inclinan a perdonar: «¡Sí, no me he portado bien; no lo haré más, te lo prometo! Perdóname». A veces se sentía embargado de ternura, pero su orgullo no se lo permitía manifestar.


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