Corazón
Corazón —¡Ay, Federico! —continuó la abuela viéndole tan callado—. ¡No me dices ni una palabra de arrepentimiento! Ya ves el estado en que me encuentro, que puede acabar conmigo. No debieras consentir que padeciera tanto, que por tu culpa llorase la madre de tu madre, tan vieja y próxima a su fin, tu pobre abuela, que siempre te ha querido tanto, que te mecÃa noches enteras cuando eras un nene de pocos meses, y que no comÃa por entretenerte. ¡Tú qué sabes! Yo siempre decÃa: «¡Éste será mi último consuelo!», y ahora me matas a disgustos. De buena gana darÃa lo poco que me queda de vida con tal de que fueses otra vez un buen chico, tan obediente como aquellos dÃas… cuando te llevaba al santuario de la SantÃsima Virgen. ¿Te acuerdas, Federico? Tú me llenabas los bolsillos de piedrecitas y de hierbas, y yo te traÃa a casa en mis brazos, dormidito. En cambio, ahora que estoy paralÃtica y tengo tanta necesidad de tu cariño como del aire para respirar, porque no tengo, pobre de mÃ, a otro ser en el mundo… ¡Dios mÃo!
Federico estaba por echarse en brazos de su abuela, dominado por la emoción, cuando le pareció oÃr un ligero ruido, unos crujidos continuados en la habitación de al lado, que daba al huerto. Pero no distinguÃa si eran las puertas u otra cosa.
Puso oÃdo atento. La lluvia caÃa con fuerza. El ruido se repitió, y la abuela también lo oyó.