Corazón
Corazón —¡Silencio, si no quieres morir!
El segundo:
—¡Calle! —y alzó el puñal. Los dos llevaban un pañuelo oscuro por la cara, con agujeros a la altura de los ojos.
Durante unos instantes sólo se percibió la respiración de los cuatro y el ruido producido por la lluvia, la anciana apenas podía respirar, y tenía los ojos desorbitados.
El que sujetaba al muchacho le dijo al oído:
—¿Dónde deja tu padre el dinero?
El chico respondió con un hilillo de voz, y dando diente con diente:
—Allá… en el armario.
—Ven conmigo —le dijo el hombre.
Y lo llevó a la fuerza al cuartito, sin dejar de agarrarle el cuello por la garganta. En el suelo había una linterna.
—¿Dónde está el armario? —preguntó.
El muchacho, medio ahogado, señaló el armario.