Corazón

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Entonces, para estar seguro del muchacho, el hombre lo puso de rodillas ante el armario, apretándole fuertemente el cuello entre sus piernas, de manera que pudiera estrangularlo si chillaba, y teniendo la linterna en una mano, sacó con la otra del bolsillo una ganzúa, que metió en la cerradura; hurgó, rompió, abrió de par en par las hojas de la puerta, lo revolvió todo confusamente, se llenó los bolsillos, cerró, volvió a abrir y a buscar. Luego cogió de nuevo al muchacho, llevándole donde el otro tenía aún agarrada a la anciana, convulsa, con la cabeza caída y la boca abierta.

El que sujetaba a la abuela preguntó en voz baja al otro:

—¿Ha caído algo?

—Sí —le contestó. Y añadió—: Mira hacia la puerta.

El que estaba con la anciana fue a la puerta del huerto para cerciorarse si había alguien por allí, y dijo desde el cuartito de los trastos, con una voz que parecía un silbido:

—Ven.

El que había quedado en la cocina y retenía a Federico enseñó un arma blanca al muchacho y a la anciana, que acababa de abrir otra vez los ojos:

—¡Ni una sola palabra o vuelvo y os degüello!

Y miró fijamente a los dos.


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