Corazón
Corazón En aquel momento se oyó a lo lejos, por la carretera, un canto de muchas voces.
El ladrón giró rápidamente la cabeza hacia la puerta, y por la violencia del movimiento se le cayó el antifaz.
La anciana lanzó un grito:
—¡Mozzoni!
—¡Maldita! —rugió el reconocido—. ¡Tienes que morir!
Y se abalanzó con un puñal en alto contra la anciana, que quedó desvanecida en el acto.
El asesino descargó el golpe, pero con un movimiento rapidísimo, dando un grito desesperado, Federico se había arrojado sobre la abuela, cubriéndola con su cuerpo.
El asesino huyó, chocando con la mesa y volcó el quinqué, que se apagó.
El muchacho se deslizó lentamente sobre la abuela, cayó de rodillas y permaneció en tal actitud abrazando a la anciana por la cintura y con la cabeza apoyada en su regazo.
Transcurrieron unos instantes; todo estaba a oscuras; el canto de los aldeanos se iba alejando por el campo. La anciana recobró el sentido.
—¡Federico! —dijo con voz apenas perceptible y dando diente con diente por el temblor que la invadió.
—¡Abuela! —respondió él.