Corazón
Corazón La anciana hizo un esfuerzo para hablar, pero el terror le paralizaba la lengua.
Permaneció un ratito en silencio, sin parar de temblar violentamente. Luego logró preguntar:
—¿Se han ido ya?
—SÃ, se fueron.
—¡No me han matado! —murmuró la anciana con voz ahogada.
—No… estás a salvo —dijo Federico con voz muy débil—. Estás a salvo, yayita. Se han llevado el dinero. Pero papá habÃa dejado poco.
La anciana dio un suspiro.
—Yaya —dijo Federico, permaneciendo de rodillas y teniendo un brazo en su cintura—, yayita, ¿verdad que me quieres?
—¿No te he de querer, hijo mÃo? —le respondió, poniéndole una mano en la cabeza—. ¡Qué susto has debido llevar, pobrecito mÃo! ¡Señor, Dios misericordioso! Enciende la luz… Pero no, es mejor que continuemos a oscuras. Tengo todavÃa mucho miedo.
—Abuela —replicó el muchacho—, siempre os he dado muchos disgustos a todos…
—No, Federico, no digas eso; yo no me acuerdo de nada, todo lo he olvidado. ¡Te quiero mucho, ángel mÃo!