Corazón

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—Os he dado muchos disgustos —continuó diciendo Federico con gran dificultad, temblándole la voz—; pero… os quiero. ¿Me perdonas, yaya? ¡Perdóname!

—Sí, querido, te perdono, te perdono de todo corazón. ¡Pues no te iba a perdonar! ¡No faltaba más! Anda, levántate. Ya no te reñiré más. Eres bueno, muy bueno. Ea, enciende la luz, querido. Levántate.

—Gracias, yaya —le contestó el muchacho con voz cada vez más débil—. Ahora… estoy contento. ¿Verdad que te acordarás de mí, yayita… de tu Federico?

—¡Federico! —exclamó la abuela, inquieta y preocupada, poniéndole las manos en la espalda e inclinando la cabeza para mirarle la cara.

—Acuérdate de mí —murmuró aún el muchacho con una voz que parecía un soplo—. Dales un beso de mi parte a papá, a mamá… a Luisita… ¡Adiós, yaya, yayita…!

—¡Por todos los Santos! ¿Qué tienes? —gritó la anciana, palpando con ansiedad la cabeza del chico, que estaba reclinada en sus rodillas. Luego, con toda la voz que pudo sacar, exclamó con desesperación—: ¡Federico! ¡Federico! ¡Amor mío! ¡Ángeles del cielo, ayudadme!

Pero Federico ya no replicó. El pequeño héroe, el salvador de la madre de su madre, herido mortalmente por artera puñalada en la espalda, había entregado a Dios su bella y valerosa alma.


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