Corazón

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—¡Sí! —exclamó Coretti padre, animándose—; tengo mucho gusto en volver a ver a mi general de división. ¡Lástima que haya envejecido tan pronto! Me parece que era ayer cuando llevaba la mochila a la espalda y el fusil en las manos en medio de una enorme confusión, aquella mañana del 24 de junio, cuando íbamos a entrar en combate. Humberto iba y venía con sus oficiales mientras a lo lejos retumbaba el cañón. Todos lo mirábamos y decíamos: «Con tal de que no le toquen las…» Estaba a mil leguas de pensar que poco después lo iba a tener tan cerca de las lanzas de los ulanos austríacos, precisamente a cuatro pasos el uno del otro, hijitos. Hacía un tiempo magnífico y el cielo parecía un espejo. Veamos si se puede entrar.

Habíamos llegado a la estación. Había un gentío inmenso, coches, guardias, carabineros, representantes de entidades con banderas. Tocaba la banda de un regimiento.

Coretti padre intentó entrar bajo un pórtico, pero se lo impidieron. Entonces pensó situarse en primera fila, entre la multitud que se agrupaba a la salida, y, abriéndose paso a codazos, logró su propósito; nosotros le seguimos. Pero el gentío, en sus movimientos de vaivén, nos llevaba de un lado a otro. El vendedor de leña se colocó junto a la primera columna del pórtico, donde los guardias no dejaban estar a nadie.


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