Corazón

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—Venid conmigo —dijo de repente, y, llevándonos de la mano, cruzamos rápidamente el espacio libre situándonos de espaldas a la pared.

Enseguida se presentó un oficial de Seguridad, que le dijo:

—Aquí no se puede estar.

—Yo soy del cuarto batallón del 49 —le respondió Coretti, señalándole la medalla.

El policía le miró y dijo:

—¡Quédese!

—¿No digo yo? —exclamó muy ufano Coretti—; el cuarto del cuarenta y nueve es una palabra mágica. ¿No tengo derecho a ver con cierta comodidad a mi general, después de haber formado el cuadro? Si entonces lo vi tan de cerca, justo es, creo yo, que lo vea también ahora de cerca. ¡Y qué digo general! ¡Si durante media hora fue el comandante de mi batallón, porque en aquellos momentos él era quien lo mandaba estando en medio de nosotros, y no el mayor Ulrich, qué diablos!

En la sala de espera y en sus proximidades se veía, entretanto, a muchos señores y militares; delante de la puerta se alineaban los coches con los criados vestidos de rojo.

Coretti preguntó a su padre si el príncipe Humberto tenía en su mano la espada cuando estaba en el batallón.


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