Corazón

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—¡Ya lo creo! —respondió—; para poder parar una lanzada, que podía tocarle como a cualquier otro. ¡Los demonios desencadenados se nos echaron encima! Corrían por entre los grupos, los escuadrones y los cañones, pareciendo remolinos de un huracán, rompiéndolo y destrozándolo todo. Era una confusión de coraceros de Alejandría, lanceros de Foggia, de infantes, ulanos, bersalleros, un infierno en el que nadie se entendía. Yo oí gritar: «¡Alteza! ¡Alteza!», viendo venir seguidamente las lanzas enemigas; disparamos los fusiles y una nube de pólvora lo ocultó todo… Luego se disipó el humo… El suelo estaba cubierto de caballos y de ulanos heridos y muertos. Yo volví hacia atrás y vi en medio de nosotros a Humberto, montado a caballo que miraba a su alrededor, tranquilo, como con deseos de preguntar: «¿Ha recibido arañazos alguno de mis valientes?» Y nosotros le vitoreamos en su misma cara como locos. ¡Qué momentos, santo Dios!… Ya llega el tren real.

La banda tocó; acudieron los oficiales y la multitud se apoyó en la punta de los pies.

—¡Habrá que esperar un poco! —dijo un guardia—. Ahora está oyendo un discurso.

Coretti padre no cabía en sí de gozo.


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