Corazón
Corazón —¡Ah! Cuando pienso en él, me parece verlo allá. Bien está que acuda a visitar a los atacados por el cólera y que se halle entre los damnificados por los terremotos, para darles ánimo, eso es meritorio; pero yo siempre lo tengo presente en mi recuerdo como lo vi entonces, en medio de nosotros, con asombrosa serenidad. Y estoy seguro de que también se acordará él del cuarto del 49, aun ahora que es rey, y le gustarÃa reunirse con todos nosotros en alguna ocasión, con los que tenÃa a su alrededor en aquellos instantes. Ahora le rodean generales y señores encopetados; entonces no tenÃa cerca de sà más que pobres soldados. ¡Si yo pudiera cruzar con él unas cuantas palabras! ¡Casi nada, nuestro general de veintidós años, nuestro augusto prÃncipe, confiado a nuestras bayonetas…! ¡Quince años que no lo veo…! ¡Nuestro Humberto…! ¡Esa música me hace hervir la sangre, palabra de honor!
Gritos frenéticos le interrumpieron; millares de sombreros se agitaron al viento; cuatro señores vestidos de etiqueta subieron al primer carruaje.
—¡Es él! —gritó Coretti, permaneciendo como encantado. Después prosiguió por lo bajo—: ¡Virgen mÃa, qué canoso está!