Corazón
Corazón Los tres nos descubrimos. El coche real avanzaba con lentitud, entre los vítores de la multitud, que gritaba y le saludaba con los sombreros en la mano. Yo miraba a Coretti padre. Me pareció otro, como si de pronto se hubiese hecho más alto, pálido, rígido, apoyándose en la columna.
El coche real llegó delante de nosotros, a un paso de la pilastra.
—¡Viva! —gritaron muchas voces a una.
—¡Viva! —gritó Coretti después de los demás.
El Rey se fijó en él y se detuvo durante unos instantes en las tres medallas.
Coretti perdió entonces la cabeza y exclamó:
—¡Cuarto batallón del cuarenta y nueve!
El Rey, que ya estaba mirando a otra parte, se volvió hacia nosotros y, fijándose más en Coretti, sacó la mano fuera del coche.
Coretti dio un salto adelante y se la estrechó.
El carruaje pasó, se interpuso el gentío y nos separó, perdiendo de vista a Coretti padre. Fue tan sólo un instante. Enseguida se puso anhelante, con los ojos humedecidos, y llamó a voces a su hijo, teniendo la mano en alto. El hijo corrió hacia él.
—¡Ven acá, hijo mío —le dijo— que todavía tengo caliente la mano! —Y se la pasó por la cara, añadiendo: —Esta es la caricia del Rey.