Corazón
Corazón Antes de marcharnos, mi madre tomó en brazos a tres o cuatro y entonces acudieron de todas partes, con las caras manchadas de yema de huevo y de zumo de naranja, para que los cogiera; uno le agarraba las manos; otro le cogía un dedo para verle la sortija; quién le estiraba de la cadenita del reloj y había uno que se empeñaba en tocarle las trenzas.
—¡Cuidado, señora —decían las maestras—, que le van a estropear el vestido!
Pero mi madre no hacía caso y continuó besándolos. Se le echaban encima, los primeros con los bracitos extendidos, como queriendo trepar por ella, y los más distantes tratando de abrirse paso para ponerse en primer término. Todos le decían a gritos:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!
Al fin logró escapar del jardín, y entonces todos corrieron a asomarse por entre los barrotes de la verja, para verla pasar y sacar los bracitos fuera en saludo, ofreciéndolo todavía pedazos de pan, trocitos de níspola y cortezas de queso, gritando a la vez:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vuelve mañana! ¡Ven otra vez!