Corazón
Corazón Mi madre, al pasar, movió su mano por encima de aquellas cien manecitas que se agitaban, como sobre una guirnalda de rosas vivas, y cuando estuvimos en la calle, a pesar de ir ella cubierta de migajas y de manchas, manoseada y despeinada, con una mano llena de flores y los ojos hinchados por las lágrimas, se sentía tan contenta como si saliera de una fiesta.
A lo lejos seguía oyéndose el vocerío del jardín de la guardería infantil, como un gorjeo de pajarillos, diciendo:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Ven otra vez, señora!