Corazón
Corazón Luego le correspondió a Garrone, que trepó, sin dejar de masticar pan, como si no tuviera importancia, y creo que habría sido capaz de subir llevando a uno de nosotros a la espalda; tanta es la fuerza de ese torete. Después de Garrone llegó la vez a Nelli. En cuanto se agarró a las barras con sus largas y débiles manos, muchos empezaron a reírse y burlarse; pero Garrone cruzó sus robustos brazos sobre el pecho y dirigió en torno suyo una mirada tan expresiva, que todos comprendieron que recibiría unos guantazos, aun en presencia del profesor, el que prosiguiera en la burla. Ante esto, todos dejaron de reírse inmediatamente.
Nelli empezó a subir; al pobrecillo le costaba mucho; se ponía morado; respiraba fuerte y le corría el sudor por la frente.
El profesor le dijo:
—¡Baja!
Pero no le obedeció, y hacía esfuerzos obstinados. Yo esperaba verle caer de un momento a otro, medio muerto. ¡Pobre, Nelli! Pensaba que, de haber estado en su lugar, en caso de que me hubiese visto mi madre, habría sufrido muchísimo. Y lo hacía porque le aprecio y no sé qué habría dado para hacerle subir; le habría empujado desde abajo sin que me vieran. Entretanto Garrone, Derossi y Coretti le decían:
—¡Arriba, arriba, Nelli! ¡Venga, valiente! ¡Animo, sigue!