Corazón
Corazón Nelli hizo un gran esfuerzo, lanzando un gemido y estuvo a dos palmos del travesaño.
—¡Muy bien, valiente! —gritaron los otros—. ¡Ánimo! Ya no falta más que un poquito.
Nelli se agarró al travesaño, y todos le aplaudimos.
—¡Bravo! —dijo el profesor—, pero ya está bien. Bájate.
Sin embargo Nelli quiso hacer lo mismo que los anteriores, y, después de no poco esfuerzo, consiguió poner los codos en el travesaño, luego las rodillas, y, por último, los pies, plantándose, al fin, en él. Sin casi poder respirar, pero sonriendo, nos dirigió a todos una mirada de satisfacción. Todos le aplaudimos de nuevo y él volvió la cabeza hacia la calle. Yo me volví también en aquella dirección y, a través de las plantas que hay delante de la verja del jardín, vi a su madre, que paseaba por la acera, sin atreverse a mirar.
Nelli descendió y todos le felicitamos. Estaba excitado, colorado y le brillaban los ojos; no parecía el mismo.
A la salida, cuando la madre salió a su encuentro y le preguntó con inquietud, abrazándole:
—¿Qué tal ha ido, hijo mío?
Todos respondimos a coro: