Corazón

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—Oiga, señor Crosetti —dijo mi padre con viveza—. Me acuerdo como si fuese ahora, la primera vez que mi madre me acompañó a la escuela, debiendo separarse de mí por espacio de dos horas y dejarme fuera de casa en manos de una persona desconocida. Esa es la verdad. Para aquella santa criatura, mi ingreso en la escuela era como la entrada en el mundo, la primera de una serie de separaciones dolorosas, pero necesarias; la sociedad le quitaba por vez primera al hijo para no devolvérselo ya por completo. Estaba emocionada y yo también. Me recomendó a usted con voz temblorosa, y luego, al marcharse, aún me saludó por un resquicio de la puerta, con los ojos llenos de lágrimas. Y precisamente entonces le hizo usted un ademán con una mano, poniéndose la otra sobre el pecho, como diciéndole: «Confíe en mí, señora». Pues bien, jamás lo he olvidado, sino que siempre ha permanecido en mi corazón aquel gesto suyo, aquella mirada, que eran expresiones de que usted se había percatado de los sentimientos de mi madre, y que constituían la honesta promesa de protección, de cariño y de indulgencia. Ese recuerdo es el que me ha impulsado a salir de Turín. Y aquí me tiene, al cabo de cuarenta y cuatro años para decirle: Gracias, querido maestro.

El maestro no respondió; me acariciaba el pelo con los dedos, y su mano temblaba, saltaba del pelo a la frente, y de ésta al hombro.


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