Corazón
Corazón Entretanto mi padre miraba las desnudas paredes, el mísero lecho, un pedazo de pan y una botellita de aceite que había en la ventana, como si quisiera decir: «¿Éste es el premio que se te otorga después de sesenta años de intenso trabajo?»
Pero el anciano estaba contento y empezó a hablar de nuevo con gran vivacidad de nuestra familia, de otros maestros de aquellos años y de los compañeros de clase de mi padre, el cual se acordaba de unos, pero no de otros; los dos se comunicaban noticias sobre éste o aquél. De pronto interrumpió mi padre la conversación para rogar al maestro que bajase con nosotros al pueblo con el fin de almorzar juntos. El contestó con mucha espontaneidad:
—Te lo agradezco, te lo agradezco. —Sin embargo parecía indeciso. Mi padre le tendió ambas manos y le reiteró la invitación.
—¿Cómo me las voy a arreglar con estas pobres manos que no paran de bailar, como ves? Es un martirio también para los demás.
—Nosotros le ayudaremos, señor maestro —le replicó mi padre. Entonces aceptó, procurando sonreírse y moviendo la cabeza.
—¡Hermoso día! —dijo cerrando la puerta desde fuera—. Un día inolvidable, querido Bottini. Te aseguro que lo recordaré mientras viva.