Corazón
Corazón Una vez en Barcelona, no pudiendo soportar ya los golpes y el hambre, reducido a un estado que daba compasión, se escapó de su verdugo y corrió a pedir protección al cónsul de Italia, que, apiadándose del muchacho, lo había embarcado en aquel navío, entregándole una carta para el jefe de policía de Génova, que se encargaría de devolverlo a sus padres, a los mismos que le habían entregado por poco dinero, como se hace con los animales.
El pobre chico iba vestido de harapos y enfermo. Le habían dado billete de segunda clase. Todos lo miraban con cierta curiosidad y algunos le hacían preguntas; pero él no respondía, pareciendo que desconfiaba de todos, por lo mucho que le habían exasperado y hecho sufrir las privaciones y los malos tratos.
Sin embargo, tres viajeros, a fuerza de insistir en sus preguntas, consiguieron hacerle hablar y en pocas palabras, toscamente dichas, mezcla de español, francés e italiano, les contó su triste historia.
No eran italianos aquellos tres pasajeros, pero lo comprendieron, y parte por compasión y parte por la excitación del vino, le dieron algunas monedas, estimulándole para que les refiriese otros particulares de su vida. Habiendo entrado en la sala en aquel momento unas señoras, los tres, por darse postín, le entregaron más dinero, diciéndole: «Toma, toma más». Y hacían sonar las monedas en la mesa.