Corazón

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Al ver tal gentío y escuchar la estruendosa ovación, los tres se quedaron tan sorprendidos que no acertaban a mirar hacia ninguna parte ni a mover un solo pie. Un ujier les acompañó al sitio que se les había designado, a la derecha de la mesa roja.

De momento se produjo un gran silencio, y después se empezó a aplaudir por todas partes. El muchacho miró hacia las ventanas y luego a la galería de las Hijas de los militares; tenía el sombrero en las manos y parecía no comprender dónde estaba. Yo diría que en la fisonomía se parece bastante a Coretti, aunque tiene color más encendido. Su padre y su madre no levantaban la vista de la mesa.

Entretanto los chicos del barrio del Po, que se hallaban cerca de nosotros, procuraban ponerse en sitio preferente y hacían señas a su compañero para hacerse ver, y le llamaban en voz baja, pero insinuante: «¡Pin! ¡Pin! ¡Pinot!» A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho los miró y ocultó su sonrisa poniéndose delante el sombrero.

A cierto punto todos los guardias se cuadraron.

Entró el señor Alcalde, acompañado por muchos señores.

El Alcalde, vestido de blanco, con una gran faja tricolor en bandolera, se situó de pie junto a la mesa, quedando los demás detrás y a los lados.


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