Corazón

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La escalera, apoyada en el tejado por delante de otra ventana, distaba bastante del sitio en que se precisaba. ¿Cómo podrían utilizarla? Mientras la gente se hacía tal pregunta, uno de los bomberos salió fuera de la ventana, puso el pie derecho en el alero y el izquierdo en la escalera, y de este modo, de pie y con el cuerpo al aire, fue cogiendo con sus brazos uno a uno a todos los inquilinos, que los otros le iban dando desde el interior; después los entregaba a otro compañero que había subido desde la calle y que los iba bajando uno a uno, ayudado por otros compañeros.

Primeramente pasó la mujer que había corrido mayor peligro, luego una niña, otra mujer y un anciano. Al fin todos quedaron a salvo. Tras el anciano descendieron los bomberos que habían quedado en el interior, haciéndolo en último lugar el jefe, que fue el primero en acudir.

La multitud los acogió a todos con salvas de aplausos, pero cuando apareció el primero de los salvadores, el que había afrontado antes que todos el abismo y que habría muerto si alguien hubiese tenido que perecer, el gentío lo saludó como a un triunfador, gritando y extendiendo los brazos en señal de afectuosa admiración y de gratitud. En unos instantes, su nombre, antes desconocido, José Robbino, se repetía en millares de bocas.


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