Corazón
Corazón El jefe de bomberos avanzó por el alero, y todos temblaban mirando y conteniendo la respiración. Pasó, y se oyó una gran ovación. El jefe reanudó la marcha y, al llegar al punto amenazado, empezó a romper furiosamente con un pequeño pico tejas y viguetas, para abrir un agujero por el que colarse al interior. Entretanto la mujer continuaba suspendida fuera de la ventana y las llamas le llegaban a la cabeza. Un minuto más y habría caído a la calle. En cuanto estuvo abierto el agujero, el jefe se quitó la banderola y descendió, siguiéndole los otros bomberos. En aquel instante llegaron otros bomberos con una altísima escalera, que apoyaron en la cornisa de la casa, delante de las ventanas por donde salían las llamas y locos alaridos. Pero creíamos que ya era demasiado tarde.
—¡Ninguno se salvará! —comentaba la gente—. ¡Los bomberos arden! ¡Esto se ha acabado! ¡Han muertos todos!
Mas de pronto apareció por la ventana de la esquina la negra figura del jefe, iluminada por las llamas de arriba abajo. La mujer se inclinó hacia él cuanto pudo, y el hombre la cogió con ambos brazos por la cintura, la subió y la metió a la habitación. La multitud dio un grito que superó el crepitar del incendio. Pero, ¿y los demás? ¿Cómo podrán bajar?