Corazón

Corazón

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Dos veces al día tomaba un poco de pan y carne salada con los barqueros que, viéndole tan triste, nunca le dirigían la palabra. Por la noche dormía sobre cubierta y se despertaba a intervalos, sobresaltado, admirando la claridad de la luna que blanqueaba la inmensa superficie acuosa y las lejanas orillas, oprimiéndosele entonces el corazón. «¡Córdoba! ¡Córdoba!», repetía este nombre como el de una de las misteriosas ciudades de las que había oído hablar en las leyendas. Pero luego pensaba: «Mi madre ha pasado por aquí, ha visto estas islas y estas orillas», y entonces ya no le parecían tan extraños y solitarios aquellos lugares en los que se había detenido la mirada de su adorada madre.

Por la noche cantaba algún barquero, y su voz le recordaba las canciones de su mamá para dormirle cuando era pequeñito. La última noche empezó a llorar al oír cantar. El barquero interrumpió el canto y enseguida le dijo:

—¡No te aflijas, chiquito! ¡Qué diablos! ¡Un genovés no debe llorar jamás por estar lejos de su casa! Los genoveses dan la vuelta al mundo tan campantes como orgullosos.



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