Corazón
Corazón Ante tales palabras, se turbó. Percibió la voz de la sangre genovesa y levantó la frente con altivez, dando un puñetazo sobre las tablas. «¡Está bien! —dijo entre sí—; aunque tenga que dar la vuelta al mundo, viajar años y años y recorrer a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta encontrar a mi madre. ¡Aunque llegue moribundo y caiga muerto a sus pies, con tal de verla una sola vez! ¡Valor, Marco!»
En este estado de ánimo llegó al despuntar de una rosada y fría mañana frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, sobre una pequeña altura, reflejándose en las aguas los mástiles y banderas de cien barcos de todos los países.
Poco después de desembarcar, subió a la ciudad con su bolsa en la mano en busca del señor argentino para el que su protector de Boca le había entregado una carta con algunas palabras de recomendación.